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La actuación internacional compensa los
fracasos de Obama en política interior
Un año después de
conquistar la Casa Blanca, Barack Obama
conserva más crédito entre sus conciudadanos
por lo que ha hecho fuera de EE UU que por
su política doméstica, marcada desde el
primer día por la crisis económica y por la
lentitud que ha ido desnaturalizando algunos
de sus proyectos estrella, especialmente la
ansiada reforma sanitaria. La cambiante
situación internacional, con el conflicto
afgano como gran referente de la impotencia
para enfriar la expansión del islamismo
radical, tampoco le ha favorecido. Pero su
mensaje de cambio profundo de las reglas de
juego de su antecesor, George W. Bush, que
ha expresado en todos los frentes
importantes, sigue despertando credibilidad.
Menos de 300 días en el
poder no han dado para desbloquear el
diálogo entre israelíes y palestinos, pero
en el discurso de junio en El Cairo, Obama
certificó un acercamiento al mundo musulmán
como nunca lo había expresado ninguna
Administración norteamericana. Sus palabras
directas tocaron el corazón de millones de
personas cuando dijo que deseaba un nuevo
comienzo entre su país y el islam, que
aseguró también es parte de EE UU.
Con Israel, el eterno
aliado en Oriente Próximo, mantiene un trato
preferencial pero tampoco ha tenido pudor en
incomodar al Gobierno de Tel Aviv al
amonestar repetidamente su política de
asentamientos. En otra de sus intervenciones
más destacadas, describió la situación
palestina como humillante y habló sin
tapujos de las penurias que sufren los
habitantes de la franja de Gaza. Y ofreció
su respaldo inequívoco a la creación de un
Estado palestino.
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